La noche del oráculo
Paul Auster
Ed. Anagrama
La narración de esta historia comienza con Sydney Orr deambulando por las calles del barrio (Brooklyn, claro). Convaleciente de una larga enfermedad, y considerablemente recuperado de ella aunque sufriendo algunas secuelas todavía, Sydney pasea por las calles cada mañana, tras irse su mujer Grace a trabajar, y hace las compras domésticas, además de curiosear aquí y allá: los establecimientos, las fachadas, el color del cielo… todo llama su atención.
Pero en un breve flashback, y antes de continuar con las peripecias que se suceden a partir de ese día en que el relato comienza, Sydney nos da cuenta de cómo fueron los tiempos inmediatamente posteriores a su salida del hospital. Con poco más de treinta años pero “convertido en un anciano” por los efectos de la enfermedad, uno parece flotar mientras anda lentamente y con dificultad, las conexiones mentales fallan y la conciencia se dispersa. Uno se marea y todo da vueltas.
¿Saben lo que es la dificultad para andar de un convaleciente mareado y confuso descrita en el lenguaje literario de un maestro? Es, entre otras palabras, esto (les señalo en cursiva):
“(…) Me daba contra las paredes y los cubos de basura, me enredaba en las correas de los perros y los papeles que llevaba el viento, tropezaba en las aceras más lisas. (…)”
Más que suficiente para vislumbrar por que Auster (con no ser ésta precisamente una sus mejores novelas) se cuenta entre los grandes.